domingo, 8 de mayo de 2011

(siempre un deseo)

Y entonces, eso que procurábamos mantener,
el hilo, la vigilia, la paciencia, el amor radical,
la benevolencia.

Entonces, eso que intentábamos masticar en el irse de los días,
cuotas de mansedumbre en la mancha amplia y despiadada del insomnio.
Eso. Un agradecimiento solemne y soberano a un creador de todo cuanto ocurre afuera
(una voz imaginada desde siempre), una dosis de falsas armonías para suplantar el encierro de un abismo creciente,
multiplicante.

Ya no sé si crea que eso merezca realmente tanto esfuerzo.
Ningún esfuerzo, en ninguna parte.
Andar para no ceder, hablar para desentender en vez de acomodar.

Hoy, lo-que-no-está, es una sombra inmensa que se desmantela sobre mi cuerpo.
En la víspera cerré los ojos y el olor de todas las cosas conocidas se metió por mi nariz,
se me enredó en el deseo de comulgar con el más antiguo de los dioses,
deseo de ver el principio y de poder tomar nota del error.

Tu olor, las cosas, el dolor, el mundo...
No creo, realmente, no creo que sea necesario.
La domesticación y la lengua han vinculado nuestras extremidades de un modo extraño,
tanto, que lo extraño y el duelo son una constante.

Revuelta sábana dominical y sola.
Estas cosas de la actividad humana
rascándome la espalda de la paciencia a dos voces, a cuatro manos
(siempre un deseo),
pero,
sigue siendo la acotación simple y trasnochada:
un despertar con la sensación de algo que no pasó. Éso.

Con los ojos puestos en lo presente invoco un nombre rotundo en nombre de la ausencia.
De tu ausencia. De todas las ausencias. Todo lo ajeno sigue desmoronándose sobre mí.
No soy capaz de reconstruir el mundo. Pongo empeño en el modo de tolerarlo. Y me relajo.
Y entonces, la soledad más sola y más nombrada, a veces mal,
a veces tan mal nombrada la pobre, se planta de cuatro patas en
el suelo y acaricia mis piernas con su cola suave de gato ciego.
Y entonces el día comienza.
Y entonces, éso.


Alegría.

2 comentarios:

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