miércoles, 24 de febrero de 2010

Alegría

Sin embargo yo salí un poco a la calle para comprobar su teoría del mundo. No estaba lo que se dice tan equivocado. Puede ser que haya exagerado al decir que al mundo le importa una mierda lo que a vos te pasa, pero yo me preguntaba mirando el mundo transcurrir, ¿entonces por qué me pasan cosas?

Lo que buscábamos ya estaba de antemano puesto como un cartel con letras luminosas. Era tan evidente, estaba plantado ahí, justo a mitad de cuadra. Pero íbamos tan corriendo y tan mirando hacia adelante oh el destino el futuro el mañana que cuando el semáforo de la esquina nos dio la luz roja y jamás cambió de color empezamos a menear la cabeza para los costados como quien no entiende lo que encuentra.

Lo que buscábamos estaba ahí, justo media cuadra antes de donde habíamos llegado, a media cuadra de ese lugar que nos dio el rojo pero no, allá atrás no puede estar, no si el futuro, no si el mañana, mañana, mañana…

Retroceder nunca, rendirse jamás y a pesar del rojo cruzamos la avenida corriendo, ya él con sus largos saltos, yo unos metros más atrás tratando de seguir su ritmo pero no, cada vez se alejaba más, quería llegar primero, acondicionar el lugar, el espacio, acondicionar ese futuro, ese porvenir ese mañana antes de que yo llegara de esa manera él estaría seguro de haberlo hecho bien esta vez y yo llegaría plácida a regocijarme en ese mundito construido solo para nosotros.

Tanto corrió por llegar primero que lo perdí de vista. Detuve el paso y recostada por el tronco de un arbolito encendí un cigarrillo y fumé. Miré la calle. Miré a la gente y sentí que realmente ya estaba tan cansada de correr y a nadie le importaba en absoluto. Comí un caramelo de menta para refrescar la garganta seca de cantar al cohete porque de todos modos la distancia ya hacía inaudible lo que yo pudiera incluso gritar.

Creí que iba a llorar. Pero raramente volví a ver desde lejos aquel cartel luminoso que habíamos pasado de largo. Ahora brillaba de otra manera. Dudé entre retomar la marcha y quedarme donde estaba, pero esa misma duda ya me había arrinconado a la angustia hacía bastante camino atrás. Voló un pájaro azul a contramano (sospecho que salió de mi cabeza o de la de un personaje de un cuento conocido), guardé el encendedor que todavía sostenía entre los dedos y caminé, sólo para desandar cansancio y leer lo que ya estaba y mientras corría no podía. Es raro, para nada siento la frente marchita, sólo un alivio de mochila, ideal para emprender la marcha.

No vimos el cartel. O no quisimos verlo. Quizás ahora entiendo que ese cartel no estaba encendido para nosotros. Y ni siquiera siento pena. Una buena y nueva alegría, siento.

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