lunes, 7 de diciembre de 2009

Una Peste

La estupidez es más dañina que la porcina, por nombrar a una de entre-tanta-mucha-peste que circuló por la humana paciencia durante este año y esto que pensé era un mal de pocos se ha convertido en residente estado de ‘sanidad’.

Podríamos explicarlo diciendo que un e-le-men-to de la periferia se coló al centro y se descubrió tan pero tan núcleo que haciendo galas de su actualidad se olvidó hasta de dónde vino.

Quiero decir que entre tanta peste que circuló por la humana paciencia (y no al revés) la más grave de todas ya no es tal. Pienso también —y esto es lo que discutía con el señor que me vendió a $1 el limón…—, que es una ventaja que exista en la humana paciencia esta cosa de superación rápida de un caos para pasar a otro caos distinto en un pequeño lapso de tiempo, porque, admitámoslo, una peste no puede ser otra cosa que un caos... o sí.

Pienso también que si este proceso se acelera las pestes prácticamente se anularían ya que pasaríamos tan pronto de un estado a otro que no tendríamos ni ritmo de recordar el anterior.

¡Qué lindo! De peste en peste hasta que se haga tan cotidiana o cotidianas que ya no notemos que apestamos a apestosamente a peste. ¡Qué lindo! Tan estúpidos naturalizados que para no padecerla nosotros nos asumiremos ella.

Qué lindo irme a la cama sintiendo que finalmente la estupidez es la peste que me salvará de otras pestes, no sé si me salvará de que me maten, solo digo de padecerlas.


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